Artista revolucionario olvidado por la Revolución

JUAN LOYOLA
Artista revolucionario olvidado por la Revolución
Luis Emeterio González

“El arte es la verdad porque crea lo que debe ser”

Juan Loyola

El pasado lunes 27 de abril se cumplieron diez años de la muerte de Juan Loyola (abril 9, 1952), el artista social más atrevido de la década ochenta del siglo XX que agitó sus banderas de dignidad contra el abuso de poder de un Estado avasallante y déspota, que repudió el pensamiento disidente. Murió en Catia La Mar, estado Vargas a los 47 años, quebrando un discurso honesto y transgresor que fue grito en el silencio de un pueblo somnoliento por decreto oficial.

En su terca militancia ondeó el tricolor nacional en espacios disímiles cuando muchos olvidaron su significado. Hizo de la bandera símbolo de desafío artístico para denunciar las prácticas corruptas y entreguistas de los poderosos, reivindicando a los oprimidos y necesitados con digno patriotismo.

Descubrió su vocación por el arte yendo a vivir en Margarita, adonde quiso ser comerciante y terminó fundando La Piel del Cangrejo, un importante centro artístico donde expuso sus obras con destacados artistas nacionales y extranjeros. Allí ensambló sus Cajas negras (1976-79), reciclajes barrocos con basura comercial del Puerto Libre y fragmentos de muñecas cercadas por alambres de púas y frases poéticas. Obra de dramática lectura enviada a concursos y premiada en el salón Fondene de Margarita en 1979.

De ellas escribió el poeta José Lira Sosa:

En estas cajas negras, donde simbólicamente el joven artista rinde honras fúnebres a los restos de un filicidio onírico que desquicia al espectador, la fuerza perturbadora no se basa en la escogencia de los materiales, sino en la cantidad de pretextos, de asociaciones insólitas, que la cercanía de dichos materiales desencadenan en la mente de quien las contempla. Se trata de objetos apresados en un espacio, cuya condición es sobrepasada por la labor de reagrupación de los elementos desorganizados que contiene.

Su arte reciclado lo sintetiza Cartones corrugados (1980-85), arte abstracto en cartonaje comercial rasgado e intervenido con tiza y pigmentos mixtos, de alto sentido poético. En ese tiempo inicia sus acciones de calle, rescatando chatarras que provocan una conmoción pública y le ocasionan las primeras persecuciones policiales y consiguientes carcelazos.

El performance consistía en pintar el pabellón nacional sobre chatarras de automóviles abandonados en acciones comando con jóvenes discípulos, como denuncia por la negligencia oficial en el control de accidentes viales y la desidia en materia ambiental que convertían las carreteras en cementerios de chatarras, ensuciando el paisaje. Las Chatarras se documentaron en serigrafías y videos reconocidos por críticos y especialistas del arte internacional.

Destinó sus defensas a los débiles jurídicos. En 1984 acompañó al general Godoy a denunciar delitos militares, tras el asesinato del abogado Juan Ibarra Riverol. Notoria fue su defensa a una madre aborigen de la etnia Pemón cuando el esposo, un antropólogo francés que la usaba como objeto de estudio por toda Europa, la abandonó y la despojó de sus hijos por negarse a secundarlo. También se empeñó en reivindicar al tenor Alfredo Sadel al final de su vida, logrando escenarios para su voz moribunda.

Su performance más trascendente fue Asalto por la Dignidad, a los Tribunales de Justicia (1990):

Siete jóvenes estudiantes, vestidos de blanco, recordaron las siete estrellas. Cuando irrumpieron en el lugar, rasgaron unas bolsas plásticas llenas de pintura azul, amarilla y roja… se arrastraban en el piso, fundiendo los colores patrios en un tono arcilloso. Las palabras de Loyola avanzaban, y la presencia de las siete estrellas, enlodadas en la pintura arcillosa… remitían al tenso espectador a ver su integridad moral llevada al caos, a la expresión máxima de irrespeto, al ser humano digno de una vida mejor.

Juan Loyola señaló que Venezuela se convirtió en un pueblo golpeado. No se ha hecho justicia con Recadi, el caso de El Amparo y los hechos denunciados por la prensa. Insistía Loyola en que se debe recuperar la justicia, la dignidad y la esperanza. (Diario de Caracas, mayo 15 de 1990).

Así lo reseñó la periodista Denise Tourón y los numerosos diarios del mundo que se hicieron eco de su acción.

Fuera del país tuvo exitosas expresiones de su arte rebelde, denunciando los actos capitalistas generadores de pobreza y la sumisión del gobierno venezolano, con presencias no oficiales en bienales y foros mundiales donde obtuvo amplios reconocimientos como el Premio Especial en el Festival Internacional de Cine Súper 8 y Vídeo de Bruselas en 1990.

Venezuela tú me dueles demasiado (1988-98) fue su última serie de pinturas. De factura ligera y fácil aceptación, elaboradas con materia industrial extrañamente asimilado por la burguesía, expuestas en hoteles de lujo. Fue su proyecto “caballo de Troya” que penetró en las mansiones de los nuevos ricos y desenmascaró la ignorante arrogancia de sus ocupantes que complacen su vanidad gastando su dinero en cuanto se exhibe en las vidrieras de hoteles 5 estrella. Venezuela tú me dueles… fue una parodia al consumismo. Pero también le sirvió para burlar el cerco de críticos y funcionarios tarifados que le negaron espacios a sus propuestas transgresoras. Lamentablemente ya van diez años de su muerte y esos espacios no se abren para reconocer su arte revolucionario.

Sobre su exclusión y marginación dijo: “Yo no soy un artista que ha llegado al performance porque lo haya decidido así, porque me da nota; yo llegué al performance porque me empujaron a la calle”.

Consciente de que su fin llegaba reflexionó:

No estoy triste, ni amargado, ni desamparado. No tengo rabia ni odio. Siempre viví en emergencia. Renuncié a las galerías, a los museos, a los críticos y a todo ese circo, sólo por la palabra libertad, aunque esa libertad me costara más de la mitad de mi corazón.

Loyola murió de un infarto fulminante, debido a una miocardiopatía dilatada congénita. Pero su ejemplo vive.

¿DÓNDE VIVE JUAN LOYOLA?, ¡EL ARTISTA!

En el dia de hoy recibi el siguiente correo electronico de parte de el Sr. Luis Gonzalez y lo comparto con todos ustedes:
Hola amigos, saludo esta promoción reivindicativa de mi hermano Juan Alberto, con quien compartí momentos trascendente de mi vida, tanto en Margarita como en caracas, en diversas oportunidades. lamentablemente en los últimos años de su vida no coincidimos mucho, salvo en el funeral de nuestro hermando común, Claudio Perna en febrero del 97. Hoy siento que Juan está vigente, aunque muchos le robaron su bandera y la enseñan confundida copn los símbolos fascistas de las manos blancas y las camisas negras.
Este texto aparecerá proximamente en la revista Diacrítica que edita el Ministerio de Cultura, a través de la Editorial El Perro y la Rana. También tengo otra crónica publicada en el semanario Temas Venezuela, en  su edición de Abril de este año, para recordar un aniversario más de su muerte.
Saludos y espero que sigan contando conmigo.

¿DÓNDE VIVE JUAN LOYOLA?,  ¡EL ARTISTA!

por Luis M. T. Rio.

La incursión de Juan Loyola (1952) en el territorio de las artes visuales neoespartanas no fue invasión, sin embargo transformó la geografía artística de la isla, tras inaugurar su galería “La piel del cangrejo” (1976) desde donde mostró la contundencia de un planteamiento plástico de vanguardia, junto a otras jóvenes promesas del arte latinoamericano y reconocidos maestros  nacionales que confluyeron en un momento interesante para la plástica insular.

Loyola sobresalió con su irreverente propuesta de Cajas negras (1985), ensamblajes de madera con espejos rotos, muñecas desmembradas, alambres retorcidos, fotos quemadas y diversos materiales de deshecho, obras que fueron duras denuncias contra una sociedad de consumo que él conocía al dedillo, por ser parte de ella como exitoso comerciante de Zona Franca y por su vinculación con quienes detentaban el monopolio de las exportaciones del Puerto Libre.

Loyola llegó a Margarita en el 75 buscando hacer fortuna en el campo comercial, materia que dominaba con propiedad por acompañar exitosas empresas de su madre en La Guaira, su ciudad natal. Pero al presenciar el atraso existente en materia de artes visuales, su espíritu creador lo impulsó a promoverlo, quedando atrapado por sus redes como creador.

Fue artista autodidacta de breve incursión por la Escuela de Artes Cristóbal Rojas. Pero Porlamar le dio herramientas y motivos para emprender un periplo creativo dentro de la plástica nacional que lo acompañaría hasta su muerte ocurrida en Caracas el 27 de abril de 1999, producto de una grave insuficiencia cardiaca.

Su propuesta fundamental siempre lo vinculó al riesgo y la irreverencia contra los quistes cancerígenos de la sociedad. Con ella enfrentó a cuantos y a quienes consideró corruptos o traidores a la patria, mostrando su desacuerdo con valentía en los escenarios institucionales más notorios y neurálgicos del país.

Así lo haría en la sede del Poder Judicial donde presentó su más impactante performance: Asalto por Dignidad a los Tribunales de Justicia y a las Oficinas del Congreso Nacional de la República de Venezuela (1990), donde irrumpió junto a sus discípulos (cual kamikazes) explotando con sus cuerpos, grandes bolsas plásticas que contenían pigmentos de caucho con los colores primarios, (para él, símbolos del tricolor nacional), y reptaron por el piso cual serpientes, fundiéndose en las mezclas que formaron un pastoso tono marrón semejante al estiércol. Todo esto por denunciar la podredumbre imperante en aquel asiago momento de nuestro país.

Este acto alcanzó tal significación, que fue titular de primera plana en numerosos medios de prensa mundial y ese mismo año le hizo acreedor del premio: Medalla de Oro de la ciudad de Bruselas y el premio especial del jurado del Festival de Cine Súper 8 y Video de esa misma ciudad.

El tricolor nacional fue símbolo principal en su obra, a través de él denunció atropellos con gran contundencia. Fue audaz en su uso cuando la burocracia legalista impedía su uso más allá de los actos protocolares. Con sus colores pintó chatarras de automóviles abandonadas por décadas en las carreteras del país, provocando reacciones policiales que culminaban con la detención del artista, pero causaban al remoción de la chatarra. También pintó grandes rocas, postes derruidos y tubos que atentaban contra la seguridad ciudadana, generando similares actuaciones por parte de las autoridades.

La poesía, el video, la fotografía y el arte corporal formaron parte de sus destrezas, junto con la escultura, la pintura y el arte conceptual. Aunque sus creaciones fueron frecuentemente excluidas de los escenarios oficiales nacionales y escasamente se hallan en las colecciones oficiales nacionales, sus obras alcanzaron gran nivel de receptividad entre la crítica internacional, provocando elogios de importantes figuras artísticas como Oswaldo Guayasamín, Julio Le Parc y el crítico francés Pierre Restani, entre otros, además de ser invitado a destacados eventos y bienales de Europa, Latinoamérica y las Antillas, obteniendo destacados elogios por ello.

Ninguna de sus chatarras o sus intervenciones de calle sobrevivieron a su tiempo, pero sus expresiones de arte corporal con la bandera como símbolo, forman parte del subconsciente colectivo y hoy son cotidianos en la escena nacional sobre rostros, cuerpos e indumentaria de numerosos partidarios del gobierno y la oposición, sin conciencia sobre quién fue Juan Loyola, ni qué significó para el arte ser el primer venezolano que se atrevió a utilizar esos símbolos para protestar, y que hacerlo significó un riesgo personal para él, incluyendo vejaciones, maltratos físicos, secuestro policial y hasta encierros, en momentos que la oficialidad lo prohibía.

Loyola refundó el Patriotismo en sus obras y en sus riesgosas actuaciones públicas, cuando decir Patria era una herejía para los propios gobiernos apátridas. Su voz solitaria se alzó para reivindicar mayorías y minorías silenciosas (indigentes, indígenas, homosexuales, etc.) en momentos de gran tensión política y social. Luchó por causas que sabía perdidas, sin perder el glamour de artista universal, obteniendo por esto, un lugar prominente entre los jóvenes artistas de su época que seguían su ejemplo con respeto y admiración.

Con excepción de Cajas negras (1975-78) y Cartones corrugados (1979-85), el resto de su ingenio creador fue efímero y en buena parte quedó oculto o perdido en la frágil memoria de una época que no asimiló la profundidad de su propuesta, conformes con aplaudir su histriónica apariencia, sin percibir que esta era parte de un juego en el cual el artista les hizo partícipes.

Cuando Loyola constató la revulsión que causaba su arte entre la dirigencia artística oficialista, impidiéndole penetrar los espacios museísticos, y consciente de la fascinación que ejercía su exótica figura sobre algunas mentes burguesas del país que lo consideraban como rara avis, tomó la decisión de abandonar los esfuerzos por acercarse al estamento artístico oficial y se dispuso a burlarse de sus detractores, emprendiendo nuevas formas de golpear la docta vanidad de los críticos valiéndose de los nuevos ricos que coreaban su irreverencia. Para lograrlo requería generar un producto accesible que le sirviera cual “celestina”, de quinta columna para penetrar en las mansiones burguesas a costa del sacrificio de su propia trascendencia.

Así surgieron sus obras del bad painting, y con ellas su triunfo sobre la ortodoxia de los especialistas y el mal gusto de los ricos. Así inició su etapa “abstracta” (1986) de gestos líricos y títulos eufemísticos matizados de patriótica poesía, en series como: Venezuela, entonces yo te escucho, “Venezuela, tú me dueles demasiado”, “Para acabar con la ausencia”, “Venezuela, ya te escucho el olor de tu futuro”, etc. Lienzos de formato áureo, texturas de mastique para revestir paredes, fondeados acrílicos aplicados con aerógrafo, tonos pasteles en connivencia con colores primarios, detalles de espátula para resaltar un tricolor sin estrellas; obras sinuosas de contrastes básicos y agradables al ojo ignaro.

Juan Loyola se aprovechó de la burguesía y gracias a ella realizó sus mejores instalaciones en salones VIP de hoteles cinco estrellas. Sus exposiciones personales encontraron un público cautivo exhibiendo su vanidad consumista frente al boato de los marcos de sus cuadros. todos querían tener en su casa un cuadro de Loyola. Él lo tenía claro, sabía que los hoteles de lujo habían sustituido a los museos y fungían de nuevos templos donde adorabar al “becerro de oro” y allí se concentraba su mercado. Con cada venta de esos “adorables chorizos”, el artista colocaba en las manos del comprador, un video con las evidencias de sus auténticas obras de Arte, sus más arriesgadas y críticas actuaciones contra el sistema que ellos representaban, y paradójicamente esto aumentaba sus ventas y el precio de sus telas, seguramente por la vanidosa ostentación de sus clientes al colgar en sus paredes tales “muestras de su genio”.

Camino hacia ese objetivo lo encontró la muerte cuando recién cumplía 47 años, frustrando su gran proyecto artístico de crear y sostener un Centro Latinoamericano de Arte Joven, donde se albergaría la nueva vanguardia artística latinoamericana del siglo XXI, financiada por su propio talento y por los cuadros que compraban sus aplaudidores, sin percatarse que ellos eran instrumentos de su último performance.

Sin duda Juan Loyola es un patrimonio artístico venezolano por re-descubrir, afortunadamente no lo hallaremos en los cuadros que visten el lobby de los grandes hoteles, ni en las mansiones de exclusivas urbanizaciones de todo el país. Ahí nunca estuvo el artista, pero sí queda la huella de la irreverencia de este talentoso creador que penetró las élites ecnómicas y sociales  para burlarse de ellas.

¡Habrá alguien que se atreva a buscarlo?

LAS CAJAS NEGRAS DE JUAN LOYOLA por Jose Lira Sosa

LAS CAJAS NEGRAS DE JUAN LOYOLA

JOSE LIRA SOSA

En esta oportunidad, aparentemente la más propicia, la más adecuada, la sesión no estará presidida por Domitila, el maniquí bajo cuya sombra fascinante se ha expandido “la piel del cangrejo”, pero harán acto de presencia las muñecas despedazadas, fruto del vientre del ídolo y del amor fetichista, que siempre les ha profesado Juan Loyola.

Los torsos de las muñecas, los brazos desprendidos con apasionada rabia; las manos de plástico, ensambladas con ingenuidad al lado de guantes de goma, recortes de periódicos, alambres retorcidos y espejos arbitrarios, todos ocupan el reducido espacio de unas cajas de color negro: pequeños ataúdes donde se realiza la ceremonia mágica.

En estas cajas negras, donde simbólicamente el joven artista rinde honras fúnebres a los restos de un filicidio onírico que desquicia al espectador, la fuerza perturbadora no se basa en la escogencia de los materiales, sino en la cantidad de pretextos, de asociaciones insólitas, que la cercanía de dichos materiales desencadenan en la mente de quien las contempla.

Se trata de objetos apresados en un espacio, cuya condición es sobrepasada por la labor de reagrupación de los elementos desorganizados que contiene, a lo cual Loyola se entrega con la fruición de quien atisba un continente recién descubierto. Aquí el artista debe hacer un alto para meditar y explorar las inmensas posibilidades de provocación que le ofrece, antes de aventurarse por el laberinto, posiblemente indescifrable, que tienta con las fauces abiertas de sus incontables pasillos, llenos de peligro para quien no tiene a mano el hilo conductor.

Al quemar las naves comerciales, en las cuales se había embarcado por error, me es grato saludar a este viajero que parte hacia lo maravilloso, llevando como equipaje estas cajas negras, en las cuales resplandecen, de nuevo para mí, las palabras de Lautreámont: “Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y de un paraguas”.

José Lira Sosa

Doce indagaciones en el arte de Oscar Sjöstrand

Saludos nuevamente este es otro articulo aparecido en la paginas web http://www.analitica.com, disfrutenlo:

Doce indagaciones en el arte de Oscar Sjöstrand

Josefa Zambrano Espinosa
Viernes, 10 de junio de 2005

Nostalgia, añoranza, ¿cómo reprimirla cuando uno se adentra en las páginas de Doce indagaciones en el arte de Oscar Sjöstrand?

Leyendo Doce indagaciones en el arte (Ediciones del Gobierno de Carabobo, Colección Notas de Artistas/ “Antonio Herrera Toro” Nº 133, Valencia, Venezuela, 2004. 67 páginas) evocamos y extrañamos esos tiempos cuando cada domingo asistíamos devotos al ritual de recorrer las galerías de arte, de asistir a las grandes inauguraciones realizadas en los Museos de Bellas Artes, de Arte Contemporáneo “Sofía Imber” y de Arte Popular “Bárbaro Rivas” de Petare, o en la Galería de Arte Nacional. Tiempos cuando en las mesas de “La Vesubiana”, “El Gran Café” o “La Bajada” en aquel boulevard de Sabana Grande ?“río de luces, vidrieras y gente inmersa en abyecciones y alegrías pasajeras” — que ya no existe, discutíamos sobre las obras expuestas en los grandes Salones de Arte, tales como el Nacional de Artes Plásticas y el CANTV, el de Jóvenes Artistas o el de Dibujo de Fundarte; las Bienales de Artes Visuales y del Dibujo y Grabado.

Un Salón de Arte como el “Arturo Michelena”, cuya trascendencia e importancia nos hacía trasladarnos en romería hasta el Ateneo de Valencia.

Tiempos de los grandes vernissages en las galerías de arte, y de ellas algunas inolvidables como “Viva México” y “La Casa de Vecindad”, ambas dirigidas por ese caballero universal y andante que fue Jorge Godoy.

Tiempos de “Arte Actual”, “Sala Ocre”, la Sala del BANAP, “Minotauro”, “Freites”, “La Cayapa”, “Durband”, “Sala Mendoza” y, desde luego, la galería universitaria de arte “Ángel Boscán” de la Universidad Central de Venezuela, entre tantas otras.

“A partir de ese período, dice Juan Calzadilla, es cuando comienza un cambio en el curso del arte venezolano, pues la pintura, en sus modalidades principales, la figuración y la abstracción, daba muestras de estancamiento. La enseñanza impartida en las escuelas de arte era cuestionada por una generación que había buscado refugio en los talleres de diseño o que mantenía una posición crítica, aunque no intransigente, frente a las tendencias consagradas. En estas condiciones iba a despertar entre las nuevas generaciones un gran interés por el dibujo y por lenguajes poco practicados hasta ahora que, como el grabado, requerían de gran destreza técnica”.

“Entre 1978 y 1980 –continúa Calzadilla— los Salones de Dibujo de Fundarte contaron con gran apoyo para dotar al movimiento artístico del impulso que había comenzado a perder; aparecen nuevos nombres y el espectro técnico se enriquece. Los salones de dibujo acogieron los mejores intentos de renovación del lenguaje figurativo que se hicieron por entonces; renovación que tuvo por protagonistas a representantes de varias generaciones (…)”.

En efecto, los Salones de dibujo abren sus puertas al pluralismo, la renovación y la búsqueda dentro del quehacer plástico, permitiendo que artistas como Oscar Sjöstrand, Nelson Moctezuma, Pancho Quillici, Jorge Pizzani, Nadia Benatar, Ernesto León, Maricarmen Pérez, María Eugenia Arria, entre otros nombres de esa generación emergente, “se adentraran en el universo de la pintura a través del dibujo”.

I Oscar Sjöstrand (Puerto Cabello, Venezuela, 1958) es, según Elizabeth Schön, “un artista verdadero”, pues además de ser un extraordinario dibujante es también un excelente cronista de esa época dorada de la plástica venezolana que va desde finales de los 70 hasta el final de los 90 del siglo pasado.

Dibujante por excelencia, Oscar Sjöstrand es un maestro de la plumilla, la tinta china, el creyón y el lápiz sobre el papel.

Mientras aguardamos por “El Jardín de los Cantares”, su próxima individual en el Museo de la Estampa y el Diseño “Carlos Cruz Díez”, mantenemos presentes las exposiciones realizadas en 1978 y 1980 en la galería “Viva México”. Exposiciones que llevaron por nombres “Las distintas posibilidades del rostro” y “La Crónica”, respectivamente. Igualmente, es memorable la serie “El Erotismo y las Profanas”, dentro de la cual sobresale Dalila, la obra galardonada con el Premio Antonio Edmundo Monsanto en el LVI Salón de Artes Visuales “Arturo Michelena” en 1998.

De “Las distintas posibilidades del rostro” resalta La ira, la lujuria y la maldad, obra en la cual Sjöstrand desmonta todas las facetas del rostro femenino, al tiempo que desnuda los sentimientos que alberga el alma de la mujer a través de su mirada.

En “La Crónica” el artista ironiza al mostrar grandes y coloridos grupos de personas en reuniones o fiestas. Son seres enmascarados, cubiertos con fastuosos ropajes que recrean el esplendente mundo de las fiestas del renacimiento florentino o de los carnavales venecianos. Pero en esos grandes grupos de personas de rostros cubiertos con antifaces y máscaras –seres vacíos, marionetas–, que se encuentran desvinculados de todo lo que sucede a su alrededor, vislumbramos a las personalidades que son noticia y que manejan las riendas del poder político y económico en la Venezuela saudita.

Sjöstrand, a través de esas multitudes, refleja y se burla de todo cuanto sucede en el país, pues en cada cuadro concentra no menos de 30 personajes que, bajo las luces de los flashes o ante las cámaras de televisión, luchan entre sí para sobresalir, destacarse sobre los demás.

En “La Crónica” también están representadas dos tipos de mujeres: las chicas-objeto de los concursos de belleza y las damas de sociedad que concurren a los tés de caridad.

Hay en el artista un interés por plasmar los gestos y las formas de ese mundo vano, de oropeles y mentiras que se derrumban; mundo de esnobs y nuevos ricos. Seres que esconden lo que son mientras exponen la imagen que desean a la opinión pública, es decir, mantienen dos caras: las reales y las aparentes. De ahí que “La Crónica” sea, en definitiva, una fusión de colorido tropical, barroquismo e ironía.

II En las deliciosas páginas de Doce Indagaciones en el arte, con un estilo directo, y siempre en primera persona, Sjöstrand nos habla del arte y los artistas.

Ratifica su convicción de que artista y medio; medio y artista son uno. Que el arte no puede estar desvinculado de la sociedad, ni ésta de aquél. Que el arte va más allá de la belleza, la lógica y la captación del medio que el artista hace y transmite a la sociedad; de ahí que Elizabeth Schön afirme en el prólogo: “Entre el pintor y lo que pinta existe una unidad inquebrantable y sus razones son comprensibles (…) Todo artista es el responsable de una nueva realidad que nunca existió (…) El arte es la mayor transformación que ha creado el hombre, nunca termina”.

Sjöstrand narra su experiencia artística y personal con creadores tan disímiles como Nelson Garrido, Diego Barboza, Nelson Moctezuma, Juan Loyola, Elizabeth Schön, Elsa Grancko, Miguel von Dangel, Mercedes Pardo, Harry Schuster, Gloria Rojas y Gloria Fiallo.

En “El amor de Dios perdona todo, incluso a Nelson Garrido”, Sjöstrand desmitifica las fotografías heréticas, irreverentes, de Garrido, pues, según él, el fotógrafo lo que hace es recrear el submundo de vestimentas kitsch y travestismo que reina en los templos católicos, donde ángeles y santos maquillados, y con expresiones de éxtasis, son el delirio y el modelo a seguir de todo drag queen que bien se respete.

Así en “Diego, Doris, los cachivaches y yo”, Sjöstrand confiesa que “aprender a dibujar con Diego Barboza ha sido la gran experiencia de mi vida”. Además, el texto recrea el tiempo cuando ese gran pintor que fue Diego Barboza funda, alrededor de 1976, junto a Sjöstrand y otros artistas, lo que se llamó el movimiento Arte-Correo –punto de partida del arte no convencional actual en Venezuela, según Sjöstrand? pues se trataba del intercambio de correspondencia e información dentro de sobres caracterizados por su gran riqueza plástica y creatividad.

Sjöstrand presenta al Barboza que consideraba que cualquier objeto, por vil y utilitario que fuera, podía incorporarse a la obra de arte; al que caminaba sobre las obras dejando sus huellas porque era “un creador que se daba a sí mismo en cada cuadro, dejando en ellos algo de su vida personal, como las huellas de sus dedos o las impresiones de sus pies, pues todo lo que conformaba su vida era un hecho creador (…) En “Nelson Moctezuma o ¿quién se acuerda de Juan Vicente Gómez?”, Sjöstrand ironiza sobre el olvido idiosincrásico del venezolano: “Siempre he sostenido que Venezuela es el país del olvido, aunque con ello pretendo decir del perdón (…) No sabemos de la historia, no nos interesa, eso ya pasó, y punto. De los crímenes más impactantes al personaje más temido o al más famoso creador, qué importa. El ayer se fue, viva el hoy y sus protagonistas, los cuales serán, sin lugar a dudas, olvidados mañana”.

El texto se va transformando en un relato donde Sjöstrand nos cuenta que “había una vez un gran dibujante del movimiento del cómic y el arte pop, llamado Nelson Moctezuma, quien cuando se marchó nadie se enteró, a pesar de haber sido la vedette de las distintas ediciones del Salón de Jóvenes Artistas y del Salón Michelena en los años 70 y 80”.

Moctezuma, como bien nos lo recuerda Sjöstrand, adoraba la vida de los bares de luces rojas y cortinas de lágrimas de San Pedro; cubalibres y tercios, y, desde luego, rockolas con canciones de Blanca Rosa Gil, Paquita la del Barrio o Julio Jaramillo. Y de ese ambiente lograba arrancar las vivencias y el color que trasladaría al papel.

¿Pero cómo no recordar la obra de Moctezuma? Sus dibujos y acrílicos son referencia obligada cuando hablamos de los ganadores de las distintas ediciones del Salón Nacional de Jóvenes Artistas o de las viñetas que ilustraban las páginas de los suplementos “Papel Literario” y “7º Día” del diario “El Nacional”.

¿Cómo olvidarnos de El equilibrista? Aquél impresionante cuadro de fondo gris, donde un solitario personaje camina ?manteniendo el equilibrio para no precipitarse al vacío? sobre una línea negra. Obra ganadora del Salón de Jóvenes Artistas, en la cual, según Sjöstrand, “el color pulcramente plano y los grises que lo componían, creaban una atmósfera de suspenso, angustia y vacío” Pero lo típicamente Moctezuma fueron sus personajes tomados del cómic. Moctezuma “venezolanizó”, con creyón y sobre el papel, a los personajes más conspicuos del cómic mundial, pues según él, “todo en este país es un cómic”. De ahí que trabajara y satirizara la realidad nacional haciendo uso de los personajes de las tiras cómicas, tales como Supermán, El Hombre Araña, Marvila, Batman y Robin; que se valiera de de las postales kitsch y de los cromos “Hoy no fio, mañana sí” o “Yo vendí al contado; yo a crédito”, hasta al final encontrarse frente a frente con Juan Vicente Gómez, el Benemérito, el amo y señor del país… Moctezuma, usando el creyón sobre el papel hasta conseguir un acabado impecable de acrílico, nos presentó a un nuevo Supermán: Juan Vicente Gómez.

En su obra los habitantes, ya no de Metrópolis sino de Caracas, no preguntan si se trata de un ave, un cohete o un avión ni terminan afirmando: ¡No, es Supermán!, sino que responden: ¡No, es el Benemerito! En el dibujo la cara del general Gómez suplanta a la del súper héroe, tanto así que es imposible pensar en Clark Kent o en el hijo del desaparecido planeta Kriptón, pues como bien afirma Sjöstrand: “Moctezuma revivió a Gómez, lo reinventó y actualizó; el caudillo abandonó su caballo y viajaba en metro o en algún autobús(…) El Benemérito volaba con la corpulenta figura de Supermán, mas no sobre Metrópolis sino sobre Caracas en la Venezuela saudita de los 70 y 80, todo gracias a Nelson Moctezuma, uno de los grandes representantes del Pop Art en Venezuela”.

“En Juan Loyola, aquel Marzo”, Sjöstrand nos lleva a presenciar la reiterada perfomance contestataria de Juan Loyola, quien se encargó de nacionalizar y masificar su expresión personal del Body Art.

¿Quién no recuerda que Loyola siempre fue el permanente rechazado de todos los Salones? Pero él, en lugar de amilanarse, ejecutaba, en señal de protesta, su obra en vivo en las calles y plazas más concurridas. Protesta que fue cada vez mayor cuando a Loyola, para demostrar el gran amor que sentía por su país, comenzó a pasar gran parte de su tiempo detenido por – según las autoridades policiales– irrespeto a la bandera nacional, ya que su obra ahora se caracterizaba por el uso y abuso de los “colores patrios” (amarillos, azules y rojos) sobre cualquier superficie pública, en cuadros de fuerte textura o en su cuerpo envuelto en túnicas de patricio romano.

De ahí que Sjöstrand afirme que “Juan Loyola era un maestro de la escena, amaba la teatralidad, le gustaba captar la atención del público, más ello no era vital para él, si no la obtenía. Pienso que su mejor y más lograda obra fue crearse a sí mismo: Juan Loyola creó a Juan Loyola.” Y yo considero, además, que Loyola fue un adelantado a nuestra época, pues la bandera hoy es símbolo de protesta y oposición al régimen gubernamental, como se ha visto en las grandes concentraciones y marchas realizadas por la sociedad civil de Venezuela.

En “Miguel von Dangel: sacrílego y místico”, Sjöstrand nos habla del arte de Miguel von Dangel como “la búsqueda del ser Supremo como principio y no como individuo, la naturaleza abstracta como su perfecta expresión, que es la que nos lleva a descubrir la luz, la oscuridad a través de la materia y el color, la línea y el trazo en su viva expresión de formas. Todo esto se nos presenta como los más cercanos opuestos pronto a unirse en algún lugar del tiempo y del espacio”.

Sjóstrand nos presenta al von Dangel barroco y arrebatado ante la naturaleza y la vida. Al artista que percibe lo trascendente a través de esa visión barroca que no es otra cosa sino el tránsito entre el infierno y el paraíso de la creación artística.

“En el nuevo tiempo de Mercedes Pardo”, Sjöstrand devela la personalidad avasallante de esa señora de las artes plásticas que fue Mercedes Pardo ?de quien Milagros Socorro dijo: “A sus 85 años tiene tanto charme como para iluminar un trasatlántico”?. De ella expresa: “La obra de Mercedes Pardo nos acerca a lo más hondo de las revelaciones plásticas (…)”. Pues el talento de Mercedes Pardo no sólo se ha expresado en la pintura, en el grabado; se ha manifestado también en las artes escénicas, convirtiendo a la autora en una de las artistas plásticas con mayor número de trabajos escenográficos (…)”. “Mercedes Pardo, continúa diciendo Sjöstrand, audaz, talentosa, artista con dominio absoluto sobre la obra, dotada de un sentido total del color y del espacio. Múltiple, versátil, para ella toda experiencia es de gran significado; transmuta cada elemento, cada detalle en piezas que al unirse formarán el TODO de la expresión plástica”. Dicho esto, nada se puede añadir sobre la obra y la persona de una de nuestras más importantes creadoras plásticas.

En «Harry Schuster, entre la Catedral de San José y ‘La Chic Parisienne’», Sjöstrand sostiene que en Venezuela existen excelentes pintores; sin embargo, dentro del realismo sacro contemporáneo sólo hay uno: Harry Schuster.

“El trabajo pulcro del pincel, dice Sjöstrand, los matices y el tratamiento del color, los trazos intensos y brillantes son realmente el producto de un gran talento. La obra de Schuster está enmarcada dentro de la espiritualidad gótica y la contemporaneidad del sentir criollo cristiano. El Artista siente el oficio de pintar, vibra con el color y sus matices, domina la pintura. El creador reinventa nuevos conceptos y particulares lenguajes al romper con lo establecido, velando con impactantes colores primarios los rostros en algunas piezas. La audacia en las pinturas y los formatos lo colocan en un lugar prominente en el Arte Contemporáneo Venezolano”.

En efecto, la obra de Schuster nos retrotrae al arte bizantino, no sólo por la mariología que caracteriza la temática de sus cuadros, sino por la riqueza del ornamento y color de las figuras sacras que destacan sobre los fondos hojillados en plata y oro, todo lo cual resalta y contrasta la expresión de profundo dolor en los rostros de sus Pietá y Mater Dolorosa.

III Después de leer las páginas de Doce indagaciones en el arte de Oscar Sjöstrand y viviendo en los tiempos de la Revolución Cultural Bolivariana y las Megaexposiciones I y II, ¿cómo no recordar con dolor, pena, la ausencia de esas exposiciones en galerías y museos, o las confrontaciones en los grandes y extintos Salones de Arte? Vivimos tiempos de cambalache cultural y artístico que hace de nuestros museos lugares donde, al lado de las obras de los grandes maestros de la pintura y escultura nacionales, se expone ?sin criterio alguno de selección? cualquier tipo de obra presentada.

De ahí que al evaluar la calidad y trascendencia de este “Salón” Megaexposición II, Luis Pérez Oramas haya dicho: “Es el arte sin juicio, el museo sin criterios, la estética sin competencias; más apocalíptico aún: el fin de la historia del arte y del arte mismo en Venezuela”.

Aún peor, Perán Erminy, uno de nuestros más reconocidos críticos de arte, afirma: “Se exhibe lo más estereotipado de lo llamado popular porque confunden lo mal hecho con arte popular. La Mega es una lucha contra la calidad, la selectividad y la valoración de las artes. Elimina los méritos, embiste contra el conocimiento superior y la autonomía del arte.

“Caemos en el reino del pensamiento y cultura únicos. La Megaexposición es la expresión cabal del miserabilisimo estético propio del chavismo. Es la mejor prueba de la desgracia de la cultura bajo las garras del militarismo que padecemos.

Ante tan devastadora realidad artística y museística, ¿cómo reprimir entonces la añoranza, la nostalgia por lo estético, lo plural y renovador de esa realidad creadora que revivimos a través de las páginas de Doce indagaciones en el arte de Oscar Sjöstrand?