Whit freedom, no offend, no scare (Homenaje a Juan Loyola)

“La carga polémica que sustenta toda la obra del ar­tista venezolano Juan Loyola, es la expresión de la rebelión individual de un suramericano. Es también la conciencia aguda de la re­pulsa colectiva de una gene­ración.

La crisis de identidad latinoamericana se expresa a través de toda la gama de denuncias individuales y colectivas de la injusticia social.

….Yo lo admiro con mucha ternura y concretamente, yo tengo miedo por él.”

Extractado de “Juan Loyola o la rebeldía de un creador sudamericano. Pierre Restany”

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Artista revolucionario olvidado por la Revolución

JUAN LOYOLA
Artista revolucionario olvidado por la Revolución
Luis Emeterio González

“El arte es la verdad porque crea lo que debe ser”

Juan Loyola

El pasado lunes 27 de abril se cumplieron diez años de la muerte de Juan Loyola (abril 9, 1952), el artista social más atrevido de la década ochenta del siglo XX que agitó sus banderas de dignidad contra el abuso de poder de un Estado avasallante y déspota, que repudió el pensamiento disidente. Murió en Catia La Mar, estado Vargas a los 47 años, quebrando un discurso honesto y transgresor que fue grito en el silencio de un pueblo somnoliento por decreto oficial.

En su terca militancia ondeó el tricolor nacional en espacios disímiles cuando muchos olvidaron su significado. Hizo de la bandera símbolo de desafío artístico para denunciar las prácticas corruptas y entreguistas de los poderosos, reivindicando a los oprimidos y necesitados con digno patriotismo.

Descubrió su vocación por el arte yendo a vivir en Margarita, adonde quiso ser comerciante y terminó fundando La Piel del Cangrejo, un importante centro artístico donde expuso sus obras con destacados artistas nacionales y extranjeros. Allí ensambló sus Cajas negras (1976-79), reciclajes barrocos con basura comercial del Puerto Libre y fragmentos de muñecas cercadas por alambres de púas y frases poéticas. Obra de dramática lectura enviada a concursos y premiada en el salón Fondene de Margarita en 1979.

De ellas escribió el poeta José Lira Sosa:

En estas cajas negras, donde simbólicamente el joven artista rinde honras fúnebres a los restos de un filicidio onírico que desquicia al espectador, la fuerza perturbadora no se basa en la escogencia de los materiales, sino en la cantidad de pretextos, de asociaciones insólitas, que la cercanía de dichos materiales desencadenan en la mente de quien las contempla. Se trata de objetos apresados en un espacio, cuya condición es sobrepasada por la labor de reagrupación de los elementos desorganizados que contiene.

Su arte reciclado lo sintetiza Cartones corrugados (1980-85), arte abstracto en cartonaje comercial rasgado e intervenido con tiza y pigmentos mixtos, de alto sentido poético. En ese tiempo inicia sus acciones de calle, rescatando chatarras que provocan una conmoción pública y le ocasionan las primeras persecuciones policiales y consiguientes carcelazos.

El performance consistía en pintar el pabellón nacional sobre chatarras de automóviles abandonados en acciones comando con jóvenes discípulos, como denuncia por la negligencia oficial en el control de accidentes viales y la desidia en materia ambiental que convertían las carreteras en cementerios de chatarras, ensuciando el paisaje. Las Chatarras se documentaron en serigrafías y videos reconocidos por críticos y especialistas del arte internacional.

Destinó sus defensas a los débiles jurídicos. En 1984 acompañó al general Godoy a denunciar delitos militares, tras el asesinato del abogado Juan Ibarra Riverol. Notoria fue su defensa a una madre aborigen de la etnia Pemón cuando el esposo, un antropólogo francés que la usaba como objeto de estudio por toda Europa, la abandonó y la despojó de sus hijos por negarse a secundarlo. También se empeñó en reivindicar al tenor Alfredo Sadel al final de su vida, logrando escenarios para su voz moribunda.

Su performance más trascendente fue Asalto por la Dignidad, a los Tribunales de Justicia (1990):

Siete jóvenes estudiantes, vestidos de blanco, recordaron las siete estrellas. Cuando irrumpieron en el lugar, rasgaron unas bolsas plásticas llenas de pintura azul, amarilla y roja… se arrastraban en el piso, fundiendo los colores patrios en un tono arcilloso. Las palabras de Loyola avanzaban, y la presencia de las siete estrellas, enlodadas en la pintura arcillosa… remitían al tenso espectador a ver su integridad moral llevada al caos, a la expresión máxima de irrespeto, al ser humano digno de una vida mejor.

Juan Loyola señaló que Venezuela se convirtió en un pueblo golpeado. No se ha hecho justicia con Recadi, el caso de El Amparo y los hechos denunciados por la prensa. Insistía Loyola en que se debe recuperar la justicia, la dignidad y la esperanza. (Diario de Caracas, mayo 15 de 1990).

Así lo reseñó la periodista Denise Tourón y los numerosos diarios del mundo que se hicieron eco de su acción.

Fuera del país tuvo exitosas expresiones de su arte rebelde, denunciando los actos capitalistas generadores de pobreza y la sumisión del gobierno venezolano, con presencias no oficiales en bienales y foros mundiales donde obtuvo amplios reconocimientos como el Premio Especial en el Festival Internacional de Cine Súper 8 y Vídeo de Bruselas en 1990.

Venezuela tú me dueles demasiado (1988-98) fue su última serie de pinturas. De factura ligera y fácil aceptación, elaboradas con materia industrial extrañamente asimilado por la burguesía, expuestas en hoteles de lujo. Fue su proyecto “caballo de Troya” que penetró en las mansiones de los nuevos ricos y desenmascaró la ignorante arrogancia de sus ocupantes que complacen su vanidad gastando su dinero en cuanto se exhibe en las vidrieras de hoteles 5 estrella. Venezuela tú me dueles… fue una parodia al consumismo. Pero también le sirvió para burlar el cerco de críticos y funcionarios tarifados que le negaron espacios a sus propuestas transgresoras. Lamentablemente ya van diez años de su muerte y esos espacios no se abren para reconocer su arte revolucionario.

Sobre su exclusión y marginación dijo: “Yo no soy un artista que ha llegado al performance porque lo haya decidido así, porque me da nota; yo llegué al performance porque me empujaron a la calle”.

Consciente de que su fin llegaba reflexionó:

No estoy triste, ni amargado, ni desamparado. No tengo rabia ni odio. Siempre viví en emergencia. Renuncié a las galerías, a los museos, a los críticos y a todo ese circo, sólo por la palabra libertad, aunque esa libertad me costara más de la mitad de mi corazón.

Loyola murió de un infarto fulminante, debido a una miocardiopatía dilatada congénita. Pero su ejemplo vive.

¿DÓNDE VIVE JUAN LOYOLA?, ¡EL ARTISTA!

En el dia de hoy recibi el siguiente correo electronico de parte de el Sr. Luis Gonzalez y lo comparto con todos ustedes:
Hola amigos, saludo esta promoción reivindicativa de mi hermano Juan Alberto, con quien compartí momentos trascendente de mi vida, tanto en Margarita como en caracas, en diversas oportunidades. lamentablemente en los últimos años de su vida no coincidimos mucho, salvo en el funeral de nuestro hermando común, Claudio Perna en febrero del 97. Hoy siento que Juan está vigente, aunque muchos le robaron su bandera y la enseñan confundida copn los símbolos fascistas de las manos blancas y las camisas negras.
Este texto aparecerá proximamente en la revista Diacrítica que edita el Ministerio de Cultura, a través de la Editorial El Perro y la Rana. También tengo otra crónica publicada en el semanario Temas Venezuela, en  su edición de Abril de este año, para recordar un aniversario más de su muerte.
Saludos y espero que sigan contando conmigo.

¿DÓNDE VIVE JUAN LOYOLA?,  ¡EL ARTISTA!

por Luis M. T. Rio.

La incursión de Juan Loyola (1952) en el territorio de las artes visuales neoespartanas no fue invasión, sin embargo transformó la geografía artística de la isla, tras inaugurar su galería “La piel del cangrejo” (1976) desde donde mostró la contundencia de un planteamiento plástico de vanguardia, junto a otras jóvenes promesas del arte latinoamericano y reconocidos maestros  nacionales que confluyeron en un momento interesante para la plástica insular.

Loyola sobresalió con su irreverente propuesta de Cajas negras (1985), ensamblajes de madera con espejos rotos, muñecas desmembradas, alambres retorcidos, fotos quemadas y diversos materiales de deshecho, obras que fueron duras denuncias contra una sociedad de consumo que él conocía al dedillo, por ser parte de ella como exitoso comerciante de Zona Franca y por su vinculación con quienes detentaban el monopolio de las exportaciones del Puerto Libre.

Loyola llegó a Margarita en el 75 buscando hacer fortuna en el campo comercial, materia que dominaba con propiedad por acompañar exitosas empresas de su madre en La Guaira, su ciudad natal. Pero al presenciar el atraso existente en materia de artes visuales, su espíritu creador lo impulsó a promoverlo, quedando atrapado por sus redes como creador.

Fue artista autodidacta de breve incursión por la Escuela de Artes Cristóbal Rojas. Pero Porlamar le dio herramientas y motivos para emprender un periplo creativo dentro de la plástica nacional que lo acompañaría hasta su muerte ocurrida en Caracas el 27 de abril de 1999, producto de una grave insuficiencia cardiaca.

Su propuesta fundamental siempre lo vinculó al riesgo y la irreverencia contra los quistes cancerígenos de la sociedad. Con ella enfrentó a cuantos y a quienes consideró corruptos o traidores a la patria, mostrando su desacuerdo con valentía en los escenarios institucionales más notorios y neurálgicos del país.

Así lo haría en la sede del Poder Judicial donde presentó su más impactante performance: Asalto por Dignidad a los Tribunales de Justicia y a las Oficinas del Congreso Nacional de la República de Venezuela (1990), donde irrumpió junto a sus discípulos (cual kamikazes) explotando con sus cuerpos, grandes bolsas plásticas que contenían pigmentos de caucho con los colores primarios, (para él, símbolos del tricolor nacional), y reptaron por el piso cual serpientes, fundiéndose en las mezclas que formaron un pastoso tono marrón semejante al estiércol. Todo esto por denunciar la podredumbre imperante en aquel asiago momento de nuestro país.

Este acto alcanzó tal significación, que fue titular de primera plana en numerosos medios de prensa mundial y ese mismo año le hizo acreedor del premio: Medalla de Oro de la ciudad de Bruselas y el premio especial del jurado del Festival de Cine Súper 8 y Video de esa misma ciudad.

El tricolor nacional fue símbolo principal en su obra, a través de él denunció atropellos con gran contundencia. Fue audaz en su uso cuando la burocracia legalista impedía su uso más allá de los actos protocolares. Con sus colores pintó chatarras de automóviles abandonadas por décadas en las carreteras del país, provocando reacciones policiales que culminaban con la detención del artista, pero causaban al remoción de la chatarra. También pintó grandes rocas, postes derruidos y tubos que atentaban contra la seguridad ciudadana, generando similares actuaciones por parte de las autoridades.

La poesía, el video, la fotografía y el arte corporal formaron parte de sus destrezas, junto con la escultura, la pintura y el arte conceptual. Aunque sus creaciones fueron frecuentemente excluidas de los escenarios oficiales nacionales y escasamente se hallan en las colecciones oficiales nacionales, sus obras alcanzaron gran nivel de receptividad entre la crítica internacional, provocando elogios de importantes figuras artísticas como Oswaldo Guayasamín, Julio Le Parc y el crítico francés Pierre Restani, entre otros, además de ser invitado a destacados eventos y bienales de Europa, Latinoamérica y las Antillas, obteniendo destacados elogios por ello.

Ninguna de sus chatarras o sus intervenciones de calle sobrevivieron a su tiempo, pero sus expresiones de arte corporal con la bandera como símbolo, forman parte del subconsciente colectivo y hoy son cotidianos en la escena nacional sobre rostros, cuerpos e indumentaria de numerosos partidarios del gobierno y la oposición, sin conciencia sobre quién fue Juan Loyola, ni qué significó para el arte ser el primer venezolano que se atrevió a utilizar esos símbolos para protestar, y que hacerlo significó un riesgo personal para él, incluyendo vejaciones, maltratos físicos, secuestro policial y hasta encierros, en momentos que la oficialidad lo prohibía.

Loyola refundó el Patriotismo en sus obras y en sus riesgosas actuaciones públicas, cuando decir Patria era una herejía para los propios gobiernos apátridas. Su voz solitaria se alzó para reivindicar mayorías y minorías silenciosas (indigentes, indígenas, homosexuales, etc.) en momentos de gran tensión política y social. Luchó por causas que sabía perdidas, sin perder el glamour de artista universal, obteniendo por esto, un lugar prominente entre los jóvenes artistas de su época que seguían su ejemplo con respeto y admiración.

Con excepción de Cajas negras (1975-78) y Cartones corrugados (1979-85), el resto de su ingenio creador fue efímero y en buena parte quedó oculto o perdido en la frágil memoria de una época que no asimiló la profundidad de su propuesta, conformes con aplaudir su histriónica apariencia, sin percibir que esta era parte de un juego en el cual el artista les hizo partícipes.

Cuando Loyola constató la revulsión que causaba su arte entre la dirigencia artística oficialista, impidiéndole penetrar los espacios museísticos, y consciente de la fascinación que ejercía su exótica figura sobre algunas mentes burguesas del país que lo consideraban como rara avis, tomó la decisión de abandonar los esfuerzos por acercarse al estamento artístico oficial y se dispuso a burlarse de sus detractores, emprendiendo nuevas formas de golpear la docta vanidad de los críticos valiéndose de los nuevos ricos que coreaban su irreverencia. Para lograrlo requería generar un producto accesible que le sirviera cual “celestina”, de quinta columna para penetrar en las mansiones burguesas a costa del sacrificio de su propia trascendencia.

Así surgieron sus obras del bad painting, y con ellas su triunfo sobre la ortodoxia de los especialistas y el mal gusto de los ricos. Así inició su etapa “abstracta” (1986) de gestos líricos y títulos eufemísticos matizados de patriótica poesía, en series como: Venezuela, entonces yo te escucho, “Venezuela, tú me dueles demasiado”, “Para acabar con la ausencia”, “Venezuela, ya te escucho el olor de tu futuro”, etc. Lienzos de formato áureo, texturas de mastique para revestir paredes, fondeados acrílicos aplicados con aerógrafo, tonos pasteles en connivencia con colores primarios, detalles de espátula para resaltar un tricolor sin estrellas; obras sinuosas de contrastes básicos y agradables al ojo ignaro.

Juan Loyola se aprovechó de la burguesía y gracias a ella realizó sus mejores instalaciones en salones VIP de hoteles cinco estrellas. Sus exposiciones personales encontraron un público cautivo exhibiendo su vanidad consumista frente al boato de los marcos de sus cuadros. todos querían tener en su casa un cuadro de Loyola. Él lo tenía claro, sabía que los hoteles de lujo habían sustituido a los museos y fungían de nuevos templos donde adorabar al “becerro de oro” y allí se concentraba su mercado. Con cada venta de esos “adorables chorizos”, el artista colocaba en las manos del comprador, un video con las evidencias de sus auténticas obras de Arte, sus más arriesgadas y críticas actuaciones contra el sistema que ellos representaban, y paradójicamente esto aumentaba sus ventas y el precio de sus telas, seguramente por la vanidosa ostentación de sus clientes al colgar en sus paredes tales “muestras de su genio”.

Camino hacia ese objetivo lo encontró la muerte cuando recién cumplía 47 años, frustrando su gran proyecto artístico de crear y sostener un Centro Latinoamericano de Arte Joven, donde se albergaría la nueva vanguardia artística latinoamericana del siglo XXI, financiada por su propio talento y por los cuadros que compraban sus aplaudidores, sin percatarse que ellos eran instrumentos de su último performance.

Sin duda Juan Loyola es un patrimonio artístico venezolano por re-descubrir, afortunadamente no lo hallaremos en los cuadros que visten el lobby de los grandes hoteles, ni en las mansiones de exclusivas urbanizaciones de todo el país. Ahí nunca estuvo el artista, pero sí queda la huella de la irreverencia de este talentoso creador que penetró las élites ecnómicas y sociales  para burlarse de ellas.

¡Habrá alguien que se atreva a buscarlo?

La Ultima Performance de Juan Loyola… por César Beltrán

Lo siguiente es un escrito de el Sr. César Beltrán aparecido en el sitio:
http://penultimosdias.com/2008/03/22/la-ultima-performance-de-juan-loyola/

La última performance de Juan Loyola

March 22nd, 2008

Era diciembre de 1986 y yo tenía 26 años. Se celebraba la Segunda Bienal de La Habana y se inauguraba en el Museo Nacional la muestra correspondiente a una de las tres sedes de ese evento. Yo trabajaba por entonces en una entidad vinculada a la Bienal y me habían entregado una credencial de participante y la tarea de traducir, de y hacia el inglés, las conversaciones de un escultor griego invitado, un tal Isídoros. El primer día, Isídoros descubrió que se comunicaba perfectamente en griego o en sign language con cuanta gente se encontraba y que, por lo tanto, mis servicios eran innecesarios. Así que me dediqué a colarme en todas las actividades de la Bienal que pude, amparado en el ID oficial que me colgaba al cuello. En Bellas Artes, traspasando el vestíbulo, me alimenté al vuelo por el patio, alcanzando por sobre los hombros de la multitud densa, las bandejas que iban saliendo altas, de la mano de veloces camareros blanquinegros que brotaban de un rincón oscuro, cerca de la vieja cafetería y el baño de los hombres. Para estar más cerca del boquete, me aposté en esa área, medio floja de plástica, marginal en planta baja. Sin perder el alerta hacia las hors d’oeuvres, pude ver a una persona que sollozaba con la cabeza en alto, frente a una gigantesca bandera venezolana, desplegada de pronto, fuera de todo plan. Llevaba un liquiliqui negro, limpio y abotonado y discutía con funcionarios y segurosos que pretendían descolgar la bandera, instalación extraoficial en un evento sacrosanto, tieso y gubernamental. Al final, con caras agrias, los monos dejaron la bandera. Creo que había un par de hambrientos más en aquel punto de intersección. El ser del liquiliqui, joven y andrógino, se nos acercó y se presentó solo: “Mi nombre es Juan Loyola y de aquí no me muevo con mi bandera”.
La presencia de Juan Loyola, por su cuenta, en aquella Bienal de La Habana, tal vez no se haya notado mucho, salvo para los funcionarios, que avisados desde el primer día, deben haberle echado el ojo durante toda su estancia. Para un grupo de jóvenes artistas o aspirantes a serlo, sedientos de información foránea y de ganas de decir cosas, el encuentro con tan original artista marcó un punto de giro.
A juzgar por lo escaso y disperso de la información que se pesca en la red, parece ser bastante poco conocido el legado de quien ha sido incluído en Arte =/= Vida, un exhaustivo recuento del performance en América Latina de 1960 a 2000 que actualmente se exhibe en El Museo del Barrio, en Nueva York y a quien Raúl Rivero, en El Mundo, dedicara un tercio de su columna de los jueves, hace unos meses.
Artista plástico, poeta, fotógrafo, cineasta, Juan Alberto Loyola Valbuena nació en Caracas el 9 de abril de 1952 y desde muy joven empezó a exhibir pintura y obras tridimensionales (las afamadas “cajas negras”, elaboradas con cartón corrugado) en múltiples exposiciones colectivas, aunque, sin duda, lo que definitamente lo colocó en el panorama de las artes visuales latinoamericanas fue su extraordinaria obra de performance callejero, cargada de una gran sensibilidad humana, y caracterizada por una proverbial obsesión por la bandera venezolana como objeto de arte, que comenzó desde inicios de la década de los setenta con su extenso proyecto de intervención a los autos abandonados, convertidos en chatarra, dispersos por todo el paisaje venezolano. Las autoridades, el establishment, vieron en las banderas chatarras una provocación y un insulto a los símbolos patrios. Al principio incautaban las obras y después comenzaron a encarcelar a Juan. Durante toda su vida, Loyola protagonizó numerosos enfrentamiento con la policía. Uno de los más conocidos fue recogido en la prensa de aquellos años, cuando se tiñó el cabello con los colores de la bandera venezolana y la policía lo golpeó y lo acusó de irrespeto a los símbolos patrios. En otra acción memorable, penetró con un grupo de estudiantes de arte en el Palacio de Justicia, donde cubrieron sus cuerpos y regaron pintura de los colores nacionales y Loyola, declamando frases de Bolívar, paralizó durante varias horas la actividad del tribunal.
En 1983 obtuvo el premio en la categoría de arte no convencional en el Salón Arturo Michelena, ocasión en la que ejecutó uno de sus memorables performances. Se efectuaba la premiación del evento en La Guaira, en la histórica Casa Guipuzcoana, una imponente edificacion colonial, sede de importantes eventos culturales y para tal evento se encontraban allí altos personeros del gobierno y las instituciones oficiales. Juan se presentó en lugar con gran estruendo, luego de haber rodado por las calles de Caracas una gigantesca moneda hueca, llena de chatarra ruidosa, un inmenso bolívar con consignas que escandalizó a los funcionarios presentes.

En 1984, participó extraoficialmente en la Bienal de Venecia, con el proyecto de vestir el campanile de San Marcos con una descomunal bandera tricolor y en 1985, también extraoficialmente, acudió a la 18va Bienal de São Paulo, donde derramó galones de pigmento sobre documentos del Fondo Monetario Internacional, como acto de protesta contra la política financiera de esa entidad. Loyola y sus colaboradores, gritando consignas, rodaron y chapotearon por sobre un mar de pintura roja, en una clara referencia a los “baños de sangre” que producía la represión oficial tanto en Venezuela como en otros países durante las muy comunes protestas populares de aquella época sobre el tema de la deuda externa.
Recorrió el país de punta a cabo, con varias cámaras de foto y de video, a veces con otro camarógrafo que lo filmaba, observando y documentando, pintando la bandera nacional en la chatarra olvidada de los caminos. En 1990 obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine Súper 8 y vídeo de Bruselas. Fue siempre rechazado en todos los salones, pero continuó su obra en vivo en las calles y plazas más concurridas, con su chatarra tricolor o con banderas como ropa, al estilo de las túnicas que vestían los patricios romanos. En cierta ocasión impersonó a una ministra de cultura, vestido de mujer y con una peluca que imitaba el peinado de la funcionaria y en ridiculizante caricatura de franco desafío al poder y las autoridades, pronunció un “discurso” en un salón del que lo habían excluído.
Juan Loyola murió en Catia la Mar el 27 de abril de 1999, a la edad de 47 años, víctima de un infarto fulminante causado por una miocardiopatía dilatada congénita que padecía desde un par de años antes. En una de sus últimas entrevistas, concedida en 1998, anunció que su estado de salud era delicado. Su corazón funcionaba a un tercio de su capacidad y él estaba consciente de que el fin se acercaba. “Pero no estoy triste, ni amargado, ni desamparado. No tengo rabia ni odio. Siempre viví en emergencia. Renuncié a las galerías, a los museos, a los críticos y a todo ese circo, sólo por la palabra libertad, aunque esa libertad me costara más de la mitad de mi corazón”.
Supe de su muerte una tarde en La Pequeña Habana, unos años después, en el amplio local de un efímero proyecto llamado casualmente algo así como “The Barrio Museum”, casi debajo del puente de Flagler, por boca de la crítica y curadora venezolana Milagros Bello y la noticia, aunque tardía, me produjo una súbita y honda consternación. Recordé de golpe la influencia, la importancia de aquel artista subversivo, siempre en conflicto, siempre apaleado o preso, con una ciega fe en el poder transgresor del arte callejero, sensible y justiciero, egocéntrico y divo, que se aferró a su bandera como herramienta y como símbolo distintivo particular.
No he hallado referencia alguna a su visita a La Habana. Ni Rivero ni los autores de otro par de dispersos artículos lo mencionan. Algunos le vimos una o un par de veces más durante su estancia en la Bienal. Yo lo visité en su hotel, donde ví los videos de sus performances y conversamos bastante. Para mí, apenas un graduado de la escuela de pintura, conocer a aquel artista extravagante y extranjero, llamativamente bisexuado, patriótico y dramático, valiente y underground, fue el prólogo de un encarne largo y tenaz con la bandera cubana y marcó entonces el inicio de un aprendizaje, de una fascinación con la obra de artistas arriesgados, alternativos, politizados y fuera del sistema. Y creo que a varios se nos pegó algo de su espíritu, de su tecnología, de sus métodos, presentes, dos años después, en las escaramuzas callejeras del parque de G y 23.

César Beltrán
Miami


LAS CAJAS NEGRAS DE JUAN LOYOLA por Jose Lira Sosa

LAS CAJAS NEGRAS DE JUAN LOYOLA

JOSE LIRA SOSA

En esta oportunidad, aparentemente la más propicia, la más adecuada, la sesión no estará presidida por Domitila, el maniquí bajo cuya sombra fascinante se ha expandido “la piel del cangrejo”, pero harán acto de presencia las muñecas despedazadas, fruto del vientre del ídolo y del amor fetichista, que siempre les ha profesado Juan Loyola.

Los torsos de las muñecas, los brazos desprendidos con apasionada rabia; las manos de plástico, ensambladas con ingenuidad al lado de guantes de goma, recortes de periódicos, alambres retorcidos y espejos arbitrarios, todos ocupan el reducido espacio de unas cajas de color negro: pequeños ataúdes donde se realiza la ceremonia mágica.

En estas cajas negras, donde simbólicamente el joven artista rinde honras fúnebres a los restos de un filicidio onírico que desquicia al espectador, la fuerza perturbadora no se basa en la escogencia de los materiales, sino en la cantidad de pretextos, de asociaciones insólitas, que la cercanía de dichos materiales desencadenan en la mente de quien las contempla.

Se trata de objetos apresados en un espacio, cuya condición es sobrepasada por la labor de reagrupación de los elementos desorganizados que contiene, a lo cual Loyola se entrega con la fruición de quien atisba un continente recién descubierto. Aquí el artista debe hacer un alto para meditar y explorar las inmensas posibilidades de provocación que le ofrece, antes de aventurarse por el laberinto, posiblemente indescifrable, que tienta con las fauces abiertas de sus incontables pasillos, llenos de peligro para quien no tiene a mano el hilo conductor.

Al quemar las naves comerciales, en las cuales se había embarcado por error, me es grato saludar a este viajero que parte hacia lo maravilloso, llevando como equipaje estas cajas negras, en las cuales resplandecen, de nuevo para mí, las palabras de Lautreámont: “Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y de un paraguas”.

José Lira Sosa